PRESENCIA O AUSENCIA, esa es la cuestión…

Nuestras vidas se conciben, desarrollan y se realizan dentro de un proceso de continua interacción. Establecemos de alguna manera contacto con cosas, animales, situaciones y sobre todo personas. Esa relación – interacción -, modela, marca y sobre todo configura nuestro comportamiento.

Ya hace algunos años, el psicólogo J.R. Kantor, estudió  las interacciones humanas y demostró que es el lugar donde se forma, decide, y sobre todo, se consolida el comportamiento, Las características y condiciones personales, competencias individuales se desarrollan dentro de principios del aprendizaje, y en base a programas de refuerzo y castigo se terminan consolidando patrones específicos de comportamiento.

Es así, como se han construido las diferencias, culturales, sociológicas, antropológicas y etnográficas específicas, que tanta riqueza proporcionan a la humanidad.

En definitiva, la historia de nuestra civilización, es la historia de las relaciones que cada grupo ha tenido y tiene con los demás.

Esto parece muy general, ambiguo y alejado de nuestra vida cotidiana, pero no es así. Lo que hacemos, el cómo y sobre todo el donde y con quién, tienen que ver con las interacciones que a lo largo de nuestra vida hemos tenido, tenemos  y seguimos realizando.

El comportamiento humano es el resultado de un aprendizaje continuo, que se realiza bajo principios claramente definidos y estudiados. Y esos principios nos enseñan que si cualquier conducta es reforzada, tiende a incrementarse, y por lo tanto la relación, si es positiva o gratificante, con otros, consolida el tipo, la calidad y  forma de comportamiento en cada interacción. Esa doble direccionalidad que se da, es multidireccional y de constante intercambio;  me das, te doy, recibo y obtengo.

Y eso es lo que quiero destacar. Pudimos haber aprendido a relacionarnos con habilidad y mediante acciones social y personalmente constructivas o bien, mediante comportamientos agresivos e intolerantes. Todo esto va depender de los modelos y pautas que históricamente se adquieren.

Esencialmente hacen referencia a actuar en función de recibir refuerzos o  actuar para evitar castigos. Entre una forma y otra hay una enorme diferencia, que tiene un claro impacto sobre el comportamiento. Esta diferencia es fundamental para el desarrollo y crecimiento humano.

Si nuestro modelo es de evitación o escape las relaciones tendrán ese sesgo.

Deberíamos reflexionar sobre el tipo de aprendizaje que queremos que prevalezca en todas nuestras interacciones, nuestra vida educativa, social, laboral y por supuesto, familiar, de manera que sea lo gratificante lo que nos mueva y no el escape al castigo, por ejemplo: tal y como lo hemos construido, para muchos ir al colegio es ya un castigo.

Nuestra cultura, históricamente hablando, ha centrado su importancia sobre el  castigo, incluso hubo momentos que se castigaba la alegría y la felicidad. La investigación actual, sobre  el castigo, ha demostrado que solo funciona bajo ciertas y muy limitadas condiciones, que son moral y éticamente inaceptables.

Es importante distinguir entre personas que interactúan y pueden establecer relaciones gratificantes y directas. Y otras que están a la defensiva, con tonos de voz ásperos.  La falta de habilidades, confianza y un incorrecto aprendizaje hace que se pongan  “la venda antes de la herida”, por si acaso, no vaya a ser que me pase algo malo en esta situación.

La observación que es preciso hacer, hará referencia, a si establezco interacciones gratificantes, de servicio, de comprensión y tolerancia, o al contrario, de exigencia, intolerancia y de juicio permanente.

Este espacio de interacción tiene mucho que ver con la empatía, que es un aspecto esencial del desarrollo humano.

Muchas veces hay una fuerte necesidad de “estar”, que se note que estoy. Estas personas, reclaman permanentemente su existencia, pero no por acciones constructivas, adecuadas o solidarias, sino por acciones que buscan reconocer el “aquí estoy yo”.

Por eso quiero dejar como final la, la frase de Bob. Marley: “No vivas para que tu presencia se note, sino para que tu ausencia se sienta”.

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¡! Separar lo que sucede de lo que creo que sucede ¡¡

A finales de agosto, tuve un problema de salud en un ojo y tuve que ir de urgencias al hospital, nueve de la noche, era fiesta y período vacacional. Eramos pocos los pacientes esperando. Una maravilla; no tuve que esperar y me atendieron con mucha eficacia y profesionalidad.

Me citaron para hacer pruebas, análisis y esas cosas necesarias para poder establecer un diagnóstico médico y así poder aplicar un tratamiento adecuado.

Durante las semanas siguientes y hasta ahora, que todavía me están atendiendo, la actividad cotidiana se ha restablecido y el número de demandantes de atención médica ha vuelto a la normalidad, decenas de personas presentes y con infinidad de malestares son atendidas, muy eficaz y eficientemente.

Pero; durante estas  visitas al centro hospitalario he venido observando algo. Hay personas, menos mal que son minoría, que no se sienten bien atendidas o al menos bien tratadas, obviamente tiene eso mucho que ver con las condiciones personales de educación, formación, confianza y autoestima propia,  y en función de eso cuando algo no “entra” en lo que en su modelo mental de lo que debe suceder, intentan cambiarlo, y eso tiene mucho sentido. Pero el asunto es el cómo buscan cambiar o conseguir algo.

Nuestra cultura ha fortalecido mucho la bronca, la acritud, del “golpe en la mesa”. En general agresividad, fundamentalmente verbal. Es la forma en demostrar que existo y que me tienes que atender. Es la típica educación histórica del generar temor, imponerse por el castigo o la amenaza. Eso tiene mucho que ver con la idea histórica, religiosa o cultural de que hay que imponerse para conseguir algo.

Hoy me parece que eso no tiene ningún sentido. El camino que la humanidad ha recorrido, entre tanto violencia, destrucción y muerte, ya debe llegar a su fin, se trata de cambiar la forma de hacer, conseguir y sobre todo alcanzar resultados. Ciertamente para muchos de nosotros lo grande no está en nuestras manos, pero lo pequeño, lo cotidiano, sí.

Y lo cotidiano es la vida cotidiana. La de las relaciones interpersonales; con la pareja, los hijos, y todas aquellas personas, incluidos los que nos atienden en todo lo que pedimos o necesitamos. Es la relación con otras personas, la que hace que nuestra vida sea más cómoda y gratificante, desde quien me sirve un café, quien me atiende en un comercio o quien  cuida mi salud, etc….

Y quizás lo primero y básico empieza por separar lo que sucede, lo que pasa de lo que siento. Ser capaz de observar de poder objetivar la situación y no automáticamente interpretarla en base a lo que siento, a lo que parece, y menos aún aun sobre la base del daño a mi autoestima.

Se trata de ser capaz de actuar y no reaccionar, es decir responder en función de lo que sucede y los objetivos que buscamos y no reaccionar automáticamente, visceralmente, para demostrar que conmigo hay que andar con cuidado, etc…

Y a partir de ahí hacer preguntas, peticiones y no exigencias. Hacer demandas no imposiciones demostrativas del “yo tengo carácter” que traducido al conocimiento sobre el comportamiento humano, significa impulsivo y descontrol.

Por ello, debemos ser capaces de hacer más fáciles las relaciones, facilitando la interacción, no se trata de imponer, sino de establecer esa TERCERA VIA de la que tanto hemos hablado.

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SOMOS SOCIOS… La tercera vía

Hace unos días, tuve el placer de compartir unos momentos con una pareja que tiene un niño pequeño, de un par de meses.

Lo grato no fue solamente ver al niño, que en sí mismo lo fue. Lo importante para mí fue la forma en la que estaban ocupándose del cuidado de ese niño.

Todo. La forma de relacionarse con él, alimentarlo, cambiarle, atenderle, asearlo o cualquier otra actividad, transmitía, por parte de sus padres algo diferente a lo que estoy acostumbrado a ver, en situaciones parecidas. No es que hicieran algo diferente o llamativo, no eran las acciones que desarrollaban, sino y sobre todo la forma de relación entre ellos, el cómo se organizaban, se distribuían las tareas y sobre todo el equilibrio en compartirlas.

Durante una conversación con el padre sobre el importante cambio que el niño ha traído a sus vidas, me comentó que el primer mes había sido difícil. Pero que ahora, una vez acordados los términos básicos la situación era buena y gratificante.

¿A qué términos básicos se refería? Simplemente: “Somos socios

Es decir, lo importante es establecer una premisa de igualdad en la responsabilidad; educación y cuidados. Me dijo que al principio y a pesar de estar de acuerdo ambos en la idea, ella no podía evitar los siglos de cultura de “madre”, donde el niño es suyo y el padre es un ser que está ahí.

Menos darle el pecho, todo lo demás puede hacerlo cualquiera de los “socios”. No hay directrices únicas y menos razones parciales o unilaterales.  Me dijo: “ambos vamos acordando conjuntamente todo lo que consideramos que es bueno y adecuado para el retoño”.

Fue una conversación interesante y nueva para mí. Se abría toda una reflexión antropológica y cultural. Y vi claro que eso también entra dentro de los cambios que ahora estamos viviendo. Durante años las mujeres, las madres han intentado, y con toda razón, que los hombres, los padres, estén activamente involucrados en la educación de los hijos. Pero dejándoles un papel secundario o en el mejor de los casos de apoyo colaborador.

Ser Socios, profundiza más en la participación, establece una clara igualdad, donde se debe trabajar en conjunto, como me dijo el padre, “es evidente que los dos queremos lo mejor para nuestro hijo”, y recalco la palabra “nuestro”. Por lo tanto, asumimos que cualquiera de los dos intentará hacer lo mejor posible, eso significa que no necesitamos pedirnos permiso, ni el uno ni el otro. Actuar respecto al hijo con toda libertad y confianza.

Para mí, eso profundiza en una idea que llevo intentando transmitir y es la de la Tercera Vía. Tiene que ver con la cultura, las creencias y demás. Tú tienes tu mundo y yo el mío, no se trata de colisionar entre ambos, en esta “sociedad” se trata de crear la tercera vía, es decir lo mejor de tu mundo y del mío, para alcanzar el objetivo. Y esta tercera vía no acepta la influencia de terceras personas, aunque manifiestan que también quieren lo mejor, por que representarán indefectiblemente a una vía y nunca a la tercera, que se debe construir.

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Vuelta de la filosofía a las aulas…..

Hace unos días, un periódico de circulación nacional, publicó una  entrevista-diálogo con personas de la Red Española de Filosofía (ReF), donde indicaban que les parece importante y vital que la filosofía vuelva  a las aulas.

No tenía idea que eso había sucedido, y según estuve mirando, fue durante la acción del ministro J.I. Wert  cuando se aprobó la LOMCE, que entre otras cosas reduce el 75% de las horas de filosofía en el sistema educativo.

Las participantes, de esa entrevista, entre muchos aspectos relevantes, señalan que las “herramientas que puede aportar la filosofía en la educación y las actitudes filosóficas” que van desde aprender a opinar, argumentar, definir, conceptualizar y rebatir entre otras, son elementos de desarrollo social e intelectual básicos para que una sociedad se desarrolle, ya que como señala de una de las participantes, que la filosofía y la democracia vienen juntas del mismo sitio. “La filosofía permite conectar diferentes saberes y desarrollar una mayor capacidad de juicio para afrontar la complejidad del mundo contemporáneo”.

Por eso los gobiernos, menos democráticos, tenderán siempre a tratar que las personas tengan una menor capacidad de reflexión, capacidad de crear argumentos y sobre todo de de hacer críticas o proponer alternativas, de manera que se construya,  un pensamiento único, una visión o una sólo verdad.

En los tiempos, tan interesante de cambio profundo que nos está tocando vivir. Si queremos tener futuro, teniendo en cuenta el enorme desarrollo tecnológico y alto bienestar, es imprescindible que las nuevas generaciones tengan herramientas y recursos para conseguir un elevado y racional pensamiento crítico, capacidad para desmontar falacias de cualquier tipo y mediante una búsqueda escéptica de la realidad, estar dispuesto a entender, comprender y aceptar, después de observar, analizar las situaciones, los hechos y sobre todo después de razonarlo libre y críticamente.

En esa dirección, reclamo un esfuerzo colectivo, hacia la búsqueda de aquellas herramientas que la filosofía, nos propone. Se trata de ser esencialmente escéptico. Debo hacer un ejercicio de leer, ver otros medios que los que me gustan o estoy acostumbrado. Ver  y tratar de comprender la realidad contada por otros, de manera que mi visión sobre cualquier tema, no esté alimentada sólo por lo que agrada o confirma mi opinión.

No se trata de confirmar mis creencias u opiniones, sino de validarlas a través de la crítica y cuestionarlas  abiertamente, para buscar el conocimiento.

Es importante que los estudiantes, puedan acceder a las herramientas que la filosofía les puede proporcionar. Pero también necesitamos filósofos, no solo historiadores que sacan los “clásicos a pasear por las aulas”, necesitamos filósofos que a partir de los clásicos, sean capaces de estimular a sus alumnos, a los futuros filósofos, para que así puedan ir viviendo, adquiriendo conocimientos y ayuden a construir una sociedad abierta, reflexiva y crítica.

En suma se trata de hacer ciudadanos libre, y solo lo serán, cuando “piensen con su propia cabeza”, y puedan tener opinión propia y puedan en medio de las múltiples falacias que nos rodean, puedan encontrar los puntos o caminos de verdad que tienen. Y que la falta de reflexión, muchas veces nos lleva a que todo vale y que el fin justifica los medios. Y obviamente no, ese no el camino que debemos seguir.

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Disfrutar del SÍ

Las personas, generosamente me reglan experiencias propias o ajenas. Por lo general son enriquecedoras y sobre todo muy inspiradoras. Tal el caso de, vamos a llamarle Juan (como siempre Juan sin miedo), médico cubano que va  a Miami, huyendo de la incomprensión por estar al otro lado de la revolución. Buscando un poco de libertad y  y mejores condiciones de vida para su familia.

Durante siete años, como no le reconocieron el título y todos los estudios, estuvo trabajando en  un  muelle, cargando y descargando barcos. Sobre todas las cosas quería  que su familia, mujer e hijos pudieran salir de Cuba y estar juntos para trabajar por un  futuro   muy diferente  del que jamás pensaron. Además empezó a estudiar el bachillerato, para poder acceder después a alguna universidad y volver a estudiar medicina.

Su jefe noto que Juan era diferente al resto de sus otros trabajadores, buscaba algo más. Y al final, después de siete años, hablaron y Juan le  confió  contando  su historia familiar y sobre todo su deseo de volver a ser médico (como si alguna vez habría dejado de serlo), su jefe, tras oírle le propuso (concederle) darle una “beca-préstamo” para sus estudios, y seguiría trabajando con él, a condición  que y  cuando terminara, debería devolverle todo el dinero. Juan aceptó la propuesta, que entre otras, le facilitaba traer a su familia  y estar juntos. Después de más de siete años pudieron reencontrarse y un poco más “desahogado” pudo estudiar y terminar la carrera de medicina, otra vez. Al final, Juan   creo una red de centros médicos, reconocidos y  registrados en sociedades  sin ánimo de lucro.

Evidentemente las situaciones humanas no son justas, y en este caso muy injustas. Tener que estudiar dos veces una carrera, es tremendo y me imagino que puede ser desesperante, a menos que se tengas un razón poderosa para hacerlo. Esa razón debe ser muy, pero muy fuerte, para ayudar a superar la frustración, la desesperación, el cansancio y sobre todo que motive a persistir y luchar contra la situación que a todas luces es mala. Pero Juan, pudo con ello, hizo algo que me parece importante, se puso a caminar, a disfrutar del SÍ.  El sí, de lo hago, el sí de lo intento, el sí de quiero y sobre todo el sí de lo voy a intentar. Es increíble como muchas personas, por múltiples razones, sobre todo educativas y culturales, no pueden, ni quieren y sobre todo no saben el valor que tiene el sí  y se quedan cerrados, atrapados en el no, anclados en el no se puede, en el no vale la pena, ni siquiera intentarlo. Qué lástima que pierdan disfrutar el inmenso valor del SÍ.

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Retirarse a ….. los 106 años

Según una nota de prensa del pasado enero, Robert Marchand, declaró: cada vez estoy más sordo. Supongo que llegó la hora de hacerse definitivamente viejo, dijo a sus 106 años y decidió retirarse de las competiciones ciclistas.

Justamente hace un año en enero de 2017, “encandiló a miles de personas de todo el planeta. Enfundado en su visto maillot amarillo y morado, batió un nuevo record de la hora para mayores de 100 años,  en el velódromo de Saint-Quentin en Yvelines. Dio 92 vueltas en la pista, pedaleando un total de 22 Km y medio, durante una hora”.

Ganador de más de 200 trofeos, sigue pedaleando a diario. Al menos cinco kilómetros todos los días, y en función de la climatología, dentro o fuera de la casa. Cuando se le pregunta sobre cuál es su secreto, para seguir activo y “tan joven”, explica: “no enfadarme en exceso por ninguna cosa”. “El gran mal de este mundo es el egoísmo y el lucro; afirma convencido y añade que nunca he estado solo, siempre me he rodeado de amigos y gente que me ha querido; muchos han muerto, claro”.

Es un excelente ejemplo de cómo se puede afrontar desde la madurez, el inevitable envejecimiento. Obviamente es una excepción, o quizás ya no tanto, ahora que por múltiples razones, el tiempo de vida es mayor. Es importante aprender a vivir este tiempo de madurez, ya que la vejez de alguna manera empieza más tarde.

El desafío ahora es vivir la madurez en plenitud. ¿Y eso que significa? Posiblemente una vez cumplida la etapa laboral, profesional y con las responsabilidades familiares atenuadas, es tiempo de vivir, de hacer aquellas cosas que de alguna manera hemos ido postergando, se trata de seguir viviendo activamente.

Teniendo en cuenta que la parte física, hoy nos permite prolongar la vida, es fundamental haber trabajado en la parte psicológica, con que las personas en la madurez se enfrentan a esa etapa. Que hoy por hoy es más larga. Y por eso es fundamental haber trabajado en la actitud positiva, como forma de vivir constructivamente.

Hay personas que el café frio por la mañana les amarga el día. No son necesariamente las cosas que nos pasan las que afectan nuestra vida, por supuesto algunas por su intensidad, si. Pero lo importante es la forma como respondemos a todas las situaciones. Y aprender a ser resiliente.  (Entendiendo resiliencia como una forma de adaptación positiva a las adversidades- concepto que se toma de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse)

Es, un trabajo a largo plazo, no se consigue en un día. Debe ser una práctica continua y constante, un ejercicio de aprendizaje permanente, que debe empezar a desarrollarse lo más temprano en nuestra vida, de manera que el tiempo lo vaya consolidando y sea un estilo de vida, un hábito saludable que nos permita establecer relaciones con todo el mundo de manera positiva y constructiva.  Eso puede ayudar a vivir mejor más años.

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¿Que tal? Mejor no sentirnos culpables…

María , (siempre María), me cuenta que cuando su hija de 27 años, tenía un poco más de un año. Empezó a tener fiebre, tos y una respiración con ruidos. Su marido llamó a un médico de atención domiciliaria, que diagnosticó;  un proceso gripal fuerte y recetó fármacos y pautó una posología, que cumplieron rigurosamente. Al cabo de un par de días, la enfermedad no remitía y volvieron a llamar al equipo médico, que por teléfono, volvió a repetir el diagnóstico y el tratamiento, pidiendo a los padres un poco de paciencia.

Un par de días después la niña no mejoraba, mantenía sus dificultades respiratorias. Tanto María como Juan, se debatían entre lo que el médico les había dicho y lo que ellos estaban viviendo y observando. La tensión entre ambos subían y las discusiones se hacían cada vez más fuertes, hasta que una de las abuelas se puso seria, cogió a la niña y conminó: con o sin su ayuda, la llevaba al hospital. Y así, todos fueron al hospital.

Allí les dijeron que la niña tenía una infección en, no recuerda bien, si laringe o tráquea, que estaba casi cerrada y que impedía la entrada de aire a los pulmones, e inmediatamente empezaron a tratarla y que si hubieran demorado en atenderla, una pocas horas más, podría haberse asfixiado.

Al principio María quedo aturdida y entro en shock.  Pero poco a poco y a medida que fueron pasando las horas y la niña se estabilizó, el estado inicial de shock, fue dando lugar a un sentimiento de culpa, de rabia sobre todo lo que había sucedido, los médicos, el marido y sobre todo ella misma. Pero lo que más le aturdía era el poderoso sentimiento de culpa que tenía. Podría haber matado a su hija.  ¿Porqué no había tomado la decisión antes?, ¿Porqué había dudado?, ¿Porqué no le había hecho caso a Juan, etc… un sinfín de porqué, de reproches y castigos.

La tensión alrededor de la cama de la niña, en la habitación era notable. Además María y Juan había transformado una buena y cálida relación en ataques y reproches constantes y fuertes, que por supuesto no ayudaban a tener la tranquilidad que su hija necesitaba, y tampoco en encontrar la paz y sobre todo la serenidad que el momento exigía.

La situación no era buena, no tenían la serenidad necesaria para comprender y colaborar eficientemente, al contrario las tensiones entre ambos, hacia muy difícil cualquier petición o apoyo mutuo, era un ambiente cargado de reproches. Al final la abuela, se enfrentó con los padres y les pidió que salieran de la habitación y que volvieran cuando fueran capaces de actuar con tranquilidad y sin reproches.

Me dice María, que eso le hizo entender varias cosas,  que lo importante era su hija y no ellos, los padres, que no tenía ningún sentido estar en el pasado y que lo verdaderamente importante estaba en lo que eran capaces de hacer en ese momento, en facilitar la recuperación de su hija. Concentrarse en lo que estaba sucediendo y no en lo que sentían, obviamente muy importante.

Cuando María termina de contármelo,  comprendo lo difícil que fue superar, en ese momento, pensando en la juventud de ambos padres, y por supuesto todo aquello por mi …. , por esto o aquello….  mi hija podría haberse asfixiado…. Que terrible sentimiento de culpa…

He visto a  personas que aún cuando han pasado varios años de un situación dramática o muy grave, siguen todavía castigándose con la idea, con el sentimiento de culpa, aún cuando la inmensa parte de ellos, no han tenido ninguna responsabilidad directa y menos indirecta con los sucesos que les atormentan. Sin embargo la culpa y malestar está ahí.

Va siendo hora de que superemos una educación manipuladora, donde la culpa es su elemento de presión más eficaz y trabajemos a educar y valorar el presente, lo que de verdad hacemos y no de manera angustiosa lo que no hicimos o pudimos hacer. Lo importante tendría que ser el aquí y ahora. No es cierto?

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